lunes, 3 de marzo de 2014

ESTACIÓN TERMINI

Un nuevo premio de relato. Hacía tiempo que no participaba en estas lides pero, ya saben, es más difícil que te lean en una editorial que... Bien, en los premios te leen. Y en este, organizado en Pilas, tienen tradición. Son ya veintiséis las ediciones que llevan fomentando la lectura en estos tiempos que corren en los que hay cosas má importantes, como la tele, el whatsapp...

Les dejo el relato. Es un homenaje a... Mejor que lo lean.




ESTACIÓN TERMINI
XXVI premio de relato corto 'Biblioteca de Pilas'


Aún recuerdo aquel viaje. Fue el último que hice en tren y aún hoy un estremecimiento remueve mis creencias apóstatas cuando rememoro los hechos. En aquel viaje de vuelta crucé una línea real hasta un mundo imaginado. Aún no entiendo cómo ocurrió.

     Era una tarde de otoño y, antes de ponerse en marcha el tren, ya comenzó a invadirme una somnolencia irreprimible, lastre de seis días jalonados de conferencias agotadoras, encuentros olvidables e inútiles desencuentros. Por fortuna, la vuelta a la realidad estaba al final de la vía. Miré el reloj con esperanza. Dos horas y cuarenta y cinco minutos, el tiempo que faltaba para regresar a mi reino particular, unos metros cuadrados de una pequeña ciudad de provincias, un limitado espacio que declaré independiente hace algunos años y cuyos únicos súbditos, infieles e insumisos en su mayoría, ascienden ya a la inquietante población de más de seiscientos libros y algunos discos.

     A través de la ventanilla, una chica vestida de negro distrajo mi atención. Corría a lo largo del arcén, arrastrando sus maletas y buscando el coche que correspondía a su billete. Faltaban poco más de dos minutos para la partida. Su paso acelerado y lo ajustado de su vestido imbuían sus prisas de un absurdo dramatismo fuera de lugar. No pude evitar que se me viniera a la mente la escena de Con faldas y a lo loco en la que Marilyn Monroe camina junto al tren y recibe esa ráfaga de vapor que la hace saltar como una gacela exuberante. Desvié la mirada. Si aquella chica del arcén hubiera vuelto la cabeza y me hubiera mostrado su rostro, habría confirmado que no era Marilyn y la ilusión se habría derrumbado por sí sola. Hay mitos que es mejor no tocar.

     Cerré los ojos intentando concentrarme en dormir. Un día más en Madrid y habría estallado; un poco de sueño y estaría como nuevo otra vez. En cuanto notara el empuje del tren caería en el sueño más profundo, una medicina más lenitiva que pasar el rato leyendo o viendo la película correspondiente, y evitaría tener que elegir entre estas dos tentadoras opciones.

     Acababa de cerrar los ojos, acababa de sentir el primer empujón del tren poniéndose en marcha, cuando alguien se sentó a mi lado de golpe, quizás dejándose caer sobre el asiento, y desperté.

     –Perdone, no quería despertarle –se disculpó, y su voz era casi un susurro, intangible, fugaz, que me hizo dudar de haberla oído–. Lo siento.

     Sonreí condescendientemente. Hablaba como las actrices antiguas, las que sabían interpretar y comunicar, las que no necesitaban doblaje. Sus ojos brillaron, confusos, a través de los gruesos cristales de sus gafas pasadas de moda, cuando intuyeron mi curiosidad.

     –Su cara me es familiar. Disculpe mi imprudencia, pero ¿nos conocemos?

     Entonces fue ella quien me devolvió la sonrisa. El gesto tuvo un efecto desconcertante en mi agotada mente. Me sentí arrobado, incluso confuso. En algún asiento de la parte de atrás el timbre de un móvil interrumpió mi percepción de la realidad. Sonaba a música de Art Tatum o de Lennie Tristano o quizás fuera Fats Waller, quien murió en un tren, a causa de la gripe, mientras dormía. El caso es que la somnolencia y la poca iluminación del vagón incidían en mi aturdimiento con una penumbra que era casi un blanco y negro como los blancoynegros gloriosos de hace sesenta años.

     –Me llamo Miriam Joyce Haines –cantó, tendiéndome una mano pequeña y pálida, casi gris.

     –Su nombre me suena –acerté a responder, sin percatarme de que no le había dicho cómo me llamaba.

     Sonreía aún, pero la expresión de sus ojos se había tornado imprecisamente grave. Desconfié.

     –Puede que me haya visto en el cine –añadió, guiñándome cada sílaba.

     Yo protesté.

     –Ah, pero es que yo voy muy poco al cine –mentí. Nada hay peor para alguien famoso que no ser reconocido–. ¿Es actriz?

     –Puede que me haya visto en Extraños en el tren. Mi marido encargó a un hombre que me matara.

     Me disparó aquella crueldad no por fantástica menos vívida. Extraños en un tren se estrenó en 1951. Iba a responder algo ingenioso, pero me sentí mareado, envuelto en un torbellino que me empujaba hacia un abismo que estaba sólo en mi mente. Intenté reponerme. La miré a los ojos. Sonreía, cándidamente. Mi desconcierto estalló en mil pedazos. Intenté serenarme, reír la broma. Dije

     –Creo que no ocurrió como usted lo cuenta. Fue ese otro hombre, Bruno Anthony, quien intentó convencer a su marido de que un doble crimen era la solución a los problemas de ambos. No, no fue como usted lo cuenta. Su marido jamás aceptó el trato. Fue ese tal Bruno quien confundió las palabras y los gestos, quien asumió la hipótesis como un acuerdo en firme –añadí, circunspecto, incrédulo; pero, sin saberlo, era yo quien había dado el paso al otro lado de la línea que separa realidad y fantasía.

     Su rostro sombrío parecía apagarse por momentos, pálido, cerúleo, grisáceo. Busqué con la vista alrededor un poco de auxilio, pero el resto de los pasajeros permanecían enfrascados en sus vidas, extrañamente ausentes y apagados como encerrados en una luz mortecina y también gris. Todo el mundo permanecía en silencio. Nadie nos prestaba atención. Una extraña música ambientaba la escena. Era como si aquella mujer y yo estuviéramos solos en el vagón.

     –Necesito su ayuda –gimió.

     Yo no supe qué responder.

     –¿Habla en serio? ¿Quién es usted en realidad?

     Me miró con los ojos inundados de miedo. Parecía querer decir mil cosas a la vez, pero sólo añadió

     –Ese hombre me matará.

     Yo tragué saliva. Estaba volviendo a marearme. A nuestro alrededor, todo parecía irreal. Lo que podía ver se mezclaba con mis pensamientos, con mis recuerdos, imágenes distorsionadas y desordenadas, surrealistas, como en la película de Lars von Trier. La realidad que intentaba aprehender entretejía una misteriosa y siniestra tela a mi alrededor como una Circe siniestra. Intenté serenarme. Y encontré su muda sonrisa.

     –Señora Haines –balbuceé, temiendo una respuesta reveladora–, ¿por qué me ha elegido a mí? ¿Por qué se ha sentado aquí? Tengo este billete hace semanas.

     –No es casualidad. En absoluto. Sé que es usted escritor. Quiero que reescriba mi historia –proclamó, tajante. Creo que intenté durante un rato responder, infructuosamente. Al final, fue ella quien habló–. Quiero que Guy se arrepienta de sus pensamientos. Yo no he sido mala con él. Lo quería. Quiero a Guy y quiero que se arrepienta, que deje a esa zorra de la hija del senador y vuelva conmigo. Guy es mi marido... –aclaró, inútilmente.

     Yo notaba cómo el aire me faltaba. Giraba la cabeza alrededor a sabiendas de que nadie iba a prestarme atención. Un individuo pasó por nuestro lado, recorriendo el pasillo. Me recordó al protagonista de Europa.

     Lo seguí mientras pude con la mirada. La cabeza seguía dándome vueltas. Miriam sonrió.

     –No sé si estoy en el tren del circo de Dumbo o en El tren fantasma de Walter Forde –reí, sarcástico–. Sólo espero que vuelen la vía antes del llegar al Río Kwai y pueda despertar.

     Miriam puso una mano sobre las mías. El gesto atemperó la excitación de mi corazón. La mano de Miriam... de la señora Haines era cálida como una tarde de primavera. Casi conseguía esconder su afilado espíritu manipulador.

     –No está usted soñando si es eso lo que teme –afirmó–. Son las cinco y cuarto y aún le duele la úlcera.

     Me llevé la mano al estómago y noté el dolor lacerante, real, indiscutible, fruto de mis últimas preocupaciones. Un grupo de chicas pasó corriendo por el pasillo. Llevaban instrumentos de viento e iban disfrazadas a la moda de los años 20. Reconocí a una de ellas. Era la chica que había visto subir al tren apresuradamente, la chica que me había recordado a Marilyn. Llevaba un ukelele en las manos.

     Me volví hacia mi compañera de asiento.
     –De acuerdo, no sueño –mentí–. Dígame qué quiere de mí.

     –Oh, ya se lo he dicho. Quiero que reescriba mi historia.

     –No puedo hacer eso. No es mi historia, es decir, yo no sé si podría...

     –Claro que podría. Usted es escritor.

     Protesté.

     –Escribo cuentos. Cuentos que no publica nadie. Yo soy periodista. Escribo críticas de cine. Y me pagan muy mal, por cierto.

     Miriam clavó sus ojos en los míos. Brillaba en ellos una dulzura rota que no supe entender, a pesar de conocer los avatares que acabarían con su vida.

     –Usted es escritor. Se le dan bien las historias. Sabe ponerles un principio y un final. Sabe hacer que la gente se interese lo suficiente para llegar hasta la última página. Yo le he dado un mal principio. Por favor, regáleme un bonito final.

     –No-soy-escritor...

     –Ha terminado una novela.

     Aquel secreto íntimo e inútil (jamás llegaré a ser escritor) se me clavó en el alma.

     –¿Quién es usted? –grité, ofendido en mi más oculta intimidad.

     –Ya se lo he dicho –respondió ella calmosamente–. Soy la señora Haines, Miriam Joyce Haines. Sé que mi marido ha convencido a un extraño en un tren para que me asesine. Quiero que usted cambie mi historia escribiendo un nuevo final para el guión. Por favor...

     –¿Cómo? –aullé, al borde del paroxismo.

     –Con su máquina de escribir. –Tomó aire, se mordió los labios, intentó ahogar una lágrima rebelde que huía de sus ojos–. Tenga piedad. Usted tiene el don. Si no hace nada –lloró–, él me matará y usted lo verá. Verá el horror en mi rostro en el mismo momento en que yo entienda que voy a morir, verá mis gafas caer al suelo y verá reflejados en sus cristales los brazos del asesino, distorsionados como en la lente de la más horrible de las pesadillas. Ese... ese monstruo de Hitchcock se recreará en la escena, plano a plano, construirá incluso una lente especial para se pueda apreciar hasta el más mínimo detalle, para que todo el mundo vea la pesadilla como yo la veré –concluyó, vomitando las palabras, casi sin aire.


     Hitchcock fue un cabrón, pensé. Es cierto que mandó construir una lente especial para distorsionar las imágenes de esta escena. También es cierto que hay en esos planos un especial deleite en el detalle, en cada detalle, quizás un sadismo excesivo. Creo que Truffaut llegó a decir que Hitchcock rodaba los asesinatos como si fueran escenas de amor y las escenas de amor como si fueran de asesinato.

     –¿De veras quiere ver todo eso –gimoteaba aún aquella mujer– o es que ya lo ha visto en el cine? ¿Puede entenderme? Quiero que Guy deje a esa mujer, quiero que convenza a ese hombre de que el crimen no será útil a ninguno de los dos, quiero un final feliz, quiero un matrimonio sin violencia y una vida serena y cálida junto a Guy. Estoy embarazada... ¡Quiero tener a mi hijo! –gritó, fuera de sí–. Quiero un final feliz como el del resto de las películas.

     –Pero –reclamé, confundido– usted ya conoce el futuro. ¿No puede evitarlo? ¿Por qué he de ser yo quien se inmiscuya?

     Su tono fue categórico, desesperado.

     –Porque yo soy sólo un personaje.

     Por primera vez en todo el rato la vi en su verdadera dimensión. Estaba rota. La observé con ternura. En realidad, era sólo eso: un personaje, una ficción, una entelequia absurda, quizás pobre en detalles, ajena en algunos momentos a la lógica en pro de un argumento ideado para entretener desde el horror y la tensión, pero también un ser humano en casi todos sus aspectos y actitudes. Lo único que la diferenciaba de una persona real era que su ciclo vital se circunscribía al metraje de un par de breves escenas, pero, desde un punto de vista universal, la vida de cualquiera de nosotros también es un pequeño párrafo de una historia de millones de años, un fragmento ínfimo de celuloide, insignificante, dentro de una superproducción enorme. Sí, quizás se nos atribuyan una o dos escenas de relevancia en la Historia Universal, pero ninguno de nosotros es ni será jamás el protagonista del largometraje completo, sólo somos extras con unas líneas de diálogo. Una vez que nuestra escena haya pasado, la película continuará. Que nuestro personaje caiga en el olvido sólo es cuestión de tiempo.

     De repente, encontré color en sus mejillas. Ilusión óptica o una ternura espontánea invadiendo mi sentido común, tuve que reconocer que estaba naciendo cierta empatía en mi interior, quizás una especie de amour fou sin sentido o caridad de autor. Sí, caridad. Yo no mataría jamás a un personaje con una muerte tan horrible. En la embriaguez de la situación, pensé que me estaba enamorando. Me apetecía abrazarla, contemplar nuestro reflejo en la indeterminada realidad de la ventanilla, esperar juntos la película del tren y llorar juntos con un final feliz. La música ambiental sonaba ahora a Ana Karenina, remedo de otros viajes más épicos y tristes. Una vez vi en un Talgo, camino del norte, Con la muerte en los talones y durante años soñé con huir en un tren, con conocer a una rubia como Eva Marie Saint que me ayudara a escapar, soñé con el final feliz en aquel coche-cama en que los protagonistas de esta película comienzan su luna de miel; pero la vida tenía otro guión para mí, algo parecido a un triste monólogo lleno de películas ajenas, cenando solo frente a la televisión y escribiendo críticas de cine.

     –Jean Renoir escribía en Cine Monde –susurró en mi oído Miriam, interrumpiendo mis cavilaciones y sacándome de la abstracción– y también escribía guiones maravillosos.

     Yo, a estas alturas, ya no quería mirarla a los ojos. Sabía que no podía ayudarla. Su personaje conocía el final de la historia. El sufrimiento se encontraba ya instalado en su interior, hubiera o no ocurrido en el tiempo relativo de su ciclo vital; pero yo, llegado desde el mundo real, sabía algo que no tendría valor para contarle: que la historia estaba ya rodada y estrenada. La posibilidad de un final alternativo era, simplemente, inviable.

     Sobreponiéndome a la embriaguez de la extraña situación, ultrajé su cálida llamada de socorro con un no que era la única respuesta posible, pero que sonó desabrido y frío, muy al contrario de cómo quería expresarlo.

     Miriam se convirtió de nuevo en la señora Haines. Rompió a llorar en silencio, todo gesto, como una actriz muda, como Clara Bow, por ejemplo, a quien no fui capaz de ubicar en ninguna película de trenes. Habría estado más feliz atada a las vías del tren, esperando una muerte vil, que digiriendo mi respuesta.

     Ni siquiera se levantó de mi lado. Puso esa cara de desamparo, se le apagaron los ojos y sentí cómo me alejaba de ella. Me miraba con los ojos misteriosos y oscuros de la niña de El espíritu de la colmena, viéndome alejarme como un tren que va de su mundo a otro muy distinto. Miriam se quedó resignadamente sentada junto a la vía por la que había transcurrido nuestra conversación. Yo me alejé mecánicamente, cerré los ojos, admití en voz alta que no podía ayudarla y regresé a este mundo.

     A mi sensatez le costó admitir que el vagón estaba vacío, vacío y parado. Me levanté, no sin cierta aprensión en los huesos, y recuperé mi maleta del estante que había sobre el asiento. Al bajar, me encontré en una vía muerta. El vagón tenía por fuera el hálito solitario de un vagón abandonado. No había tren. Se me vino a la mente aquella escena con Jennifer Jones y Monty Clift en Estación Termini, una película que es toda ella una despedida de principio a fin, y supe con certeza que Miriam y yo no nos volveríamos a ver jamás, como ella supo desde un principio que yo no podía ayudarla.

*
(c) Félix Amador Gálvez

 
     Fotos de la entrega de premios en Pilas (Sevilla) el día 28.02.2014:

**  Las fotos son de Marte Garnatz, que fue tan amable de acompañarnos en este día de fiesta.








martes, 7 de enero de 2014

CON...CIERTO RELATO

Otro tipo de experiencia literaria

Cuando se habla de actividades de animación a la lectura suena a algo abstracto, cuando en realidad las posibilidades son inmensas. El pasado 29 de noviembre tuve el placer de compartir escenario de nuevo con la Banda Sinfónica del Liceo de la Música de Moguer, pero esta vez no escondido en el coro ni acompañando a inspirados cantantes sino como narrador

Empujado una vez más por Iván Macías, director del Liceo y de la Banda Sinfónica, recopilé una serie de fragmentos literarios para ilustrar las piezas musicales que iban a sonar, inspiradas en otros tantos libros, e hice de narrador durante hora y media. 

El arca de Noé, Los viajes de Gulliver, Las aventuras de Sherlock Holmes, Los pilares de la tierra... fueron algunas de las obras que se pudieron escuchar. El concierto terminó con la pieza El Quijote compuesta por Ferrer Ferrrán, que ponía un fantástico broche de oro a este singular concierto para narrador y banda sinfónica. El video de esta pieza es gentileza de José Enrique Morales.


viernes, 9 de agosto de 2013

LAS PALABRAS MÁGICAS

ahora en versión Kindle

¿Por qué no? Muchos me lo habíais pedido y en estos tiempos en que la tecnología despierta más expectación y más deseos que los libros...

El e-book de Las palabras mágicas está disponible en la Tienda Kindle de Amazon en este enlace, mientras que el libro de papel sigue estando a la venta en la misma tienda de siempre: Lulu.com.





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domingo, 21 de julio de 2013

MÚSICA Y LITERATURA

(una vez más)


Después de tantos años de enredar con música y literatura por separado o en lícito contubernio, después de tantos años de escribir sobre música, de hacer radio, de escribir para la radio, de pinchar en discotecas, de redactar (incluso) el libreto de un CD, de entrevistar a músicos, de recomendar discos, de comprar cientos y de asistir a todos los eventos que suenen a música de verdad... me voy a subir por primera vez a un escenario para ¡cantar! y será en Los Miserables, ese milagro musical de Boublil y Schönberg basado en la obra de Victor Hugo que ha sobrevivido 25 años en Londres y que contiene tal cantidad de canciones bellísimas que aún sigue poniéndome los vellos de punta. Empujado por mis hijas (una canta y la otra estará al saxo alto) este humilde aficionado (que se encuentra más a gusto pergeñando ficciones que canturreándolas) hará una también humilde aportación en los coros, como voz de bajo, es decir, en la última fila, pero ¿quién no se enorgullecería de participar de este gran proyecto?





El Liceo de Moguer, que años anteriores había producido conciertos sinfónicos con invitados como Raphael, Paloma San Basilio, LODVG o Ana Torroja, y considerando el éxito obtenido en Navidad con su Noche de los musicales, un espectáculo de dos horas que consiguió tres llenos consecutivos en el Teatro Felipe Godínez, se ha propuesto llevar a escena el espectáculo más grande jamás visto en Huelva: habrá más de 80 músicos en escena, más de 40 solistas y un coro que supera el medio centenar. Casi 200 personas en escena, algo que no se ve ni en los mejores musicales de Madrid, algo sólo posible porque es un concierto benéfico y porque todos participamos sin más interés que
el de promover la educación musical en Moguer. Los músicos son profesores y alumnos, los cantantes son aficionados y actores no profesionales, pero todos han alcanzado, tras cinco meses de arduos ensayos, un nivel altísimo de profesionalidad y expresividad que creo que emocionará a todos los que acudan a la Casa Colón de Huelva los días 26 y 27 de julio.

Será una fiesta musical al más alto nivel, imprescindible. Desde aquí te animo. Como reza el slogan: 


Únete a la Revolución


viernes, 17 de mayo de 2013

Proyecto D

Después de las palabras, después de sentar las bases y discutir algunos detalles, creo que la columna vertebral está creada. El proyecto D está en marcha.

lunes, 22 de abril de 2013

FIN

Sólo hay oscuridad. No quiero abrir los ojos. He terminado la novela e intento no pensar. Siempre es así, como la primera vez, siempre un estremecimiento y un subidón como si hubiera coronado el Everest o acabado una maratón. En el fondo, es algo parecido. Imprimo las trescientas páginas en gesto de incredulidad porque no estoy seguro de que en realidad exista o porque necesito sentir que es algo tangible pero, en el fondo, sé que lo mejor es meterlas en un cajón, ese cajón lleno de páginas impresas del que sólo han salido un tocho o dos o puede que fueran seis. ¿Qué más da? Lo mejor es no pensar, no hacer nada. Sé que me asaltará el ansia de repasar, de retocar. Hemingway decía que una actividad física revive la creatividad paralizada. Mejor no hacer nada entonces. Déjalo reposar. Ya lo leeré dentro de unas semanas o unos meses y todo será más fácil. Ahora el parto ha finalizado. Simplemente, toca descansar.

domingo, 24 de febrero de 2013

UN LIBRO DE JAZZ


     ...que necesita un buen título

Ando liado escribiendo otras cosas. Me suele ocurrir. Cuando termino un relato o una novela es casi como si los perdiera. Digamos que ha terminado la parte interesante, el noviazgo, y comienza la parte engorrosa de preparar el matrimonio. Eso me aburre. Me aburre buscar editorial, buscar agente y pasear mis escritos por ahí. He recibido dos negativas por mi libro de relatos. La primera (justificada) ha sido de una editorial porque "es un libro de ficción y ellos sólo publican ensayos sobre música". Mi libro son relatos, relatos sobre jazz, historias en las que el jazz es el tema, la inspiración o la catarsis. No, no es un ensayo, pero contiene en algunos párrafos detalles biográficos, teóricos o especulativos sobre la Gran Música Negra.

Por eso he pensado que quizás lo que falle es el título. Es lo primero que llega y lo que hace que abras un libro (o no). Imagínense: trece relatos (diez más tres microrrelatos) protagonizados por músicos, aficionados alucinados por la música o simples humanos en cuya vida aparece el jazz como un milagro bíblico. Ficción histórica (del siglo XX, por supuesto), intriga, realismo mágico, fantasía, erotismo, humor...; un poco de cada cosa, cierta improvisación, llamada y respuesta, buenos músicos (Dexter Gordon, Michel Legrand, Miles, Chet, Rollins...) fotógrafos de jazz, una forma para cada historia. De momento, sólo necesito un título... Después necesitaré un agente o una editorial. ¿Se les ocurre algo?

miércoles, 2 de enero de 2013

¿FELIZ AÑO?

Etapas de fe...

Vivimos una época oscura, como dirían en alguna novela-río con elementos fantásticos y un trasfondo político de cortar cabezas y muy señor mío. Dicen que es una época de transición. Ojalá. Todo se mueve, de todos modos, a un ritmo que parece que la vida se ha detenido. ¿Será que se ha acabado el mundo y no nos hemos dado cuenta, pobres de nosotros?

Esperando que vengan los Reyes Magos, esos que traen este año en sus zurrones más ilusión que juguetes electrónicos, un servidor ha decidido humildemente regalarles un relato. Ganó un pobre accésit hace un año en un premio de relatos. También ha ganado unas cuantas sonrisas de lectores a los que aprecio por su crudo juicio. 

Espero que les guste y que sí, que el año que entra sea feliz, por los motivos que ustedes quieran, pero feliz.

Un abrazo a los que están lejos.


ETAPAS DE FE [1]
   

Mi hijo tiene cinco años y es más listo que yo. Supongo que todos tenemos esa sensación en algún momento de nuestra vida como padres, del mismo modo que todos atravesamos en algún momento una etapa que no hubiéramos podido superar sin la ayuda de los demás. Más tarde o más temprano, al volver una página, ese capítulo aparece y se nos pone ante los ojos como una muralla infranqueable. La fortuna de pasar al otro lado depende, en gran medida, de la calidad de quien tengamos al lado y de la fe en una vía de salida que no podemos vislumbrar.
Esta mañana he salido a dar una vuelta por el centro. En realidad, sólo salí para comprar el periódico, o eso fue lo que le dije a Sara, pero lo cierto es que necesitaba pensar, sentir el aire de la mañana y pasear sin rumbo para poner en orden ciertas ideas.
Los compañeros decían que todo estaba pactado y que no teníamos nada que hacer, ni los sindicatos ni los empleados. El destino. El status quo. Eso decían. Deberíamos haber imaginado algo cuando nos rebajaron el sueldo; nadie se la juega así a los que movemos la máquina, pero lo hicieron. Después, vino lo de la paga. Nos rebajaron la paga extra a la mitad, más o menos, un cuarenta por ciento de reducción por el bien de todos. Para paliar la crisis, dijeron. Con esto, ni siquiera tenían para tapar los agujeros que ellos, Los de Arriba, habían provocado. Los de Abajo pataleamos, como siempre, y, como siempre, no conseguimos nada, ni siquiera alterar su experimentada indiferencia. Ahora estoy en el paro.
Esta mañana el cielo estaba plomizo como siempre pensé que estaría el cielo gris del París de Cortázar. Toda la mañana deslucía un color apesadumbrado. La calle estaba sucia, gris. Había tiendas cerradas por donde quiera que pasaba: relojerías, tiendas de regalos, cafés, panaderías... Todas me ofrecían el mudo y abatido gris metalizado de sus rejas cerradas. Quizás un día todo este sistema eche el cerrojo y tengamos que vivir como lo hacían nuestros abuelos, de la subsistencia o de la tierra o de la fe. Los carteles que venden pisos que son hogares ocultan los que anunciaban una huelga general que nadie pudo permitirse. De la misma manera, unos recuerdos tristes tapan otros que pretendemos más tristes. Mi vida se balancea en la incertidumbre. Dice una estadística que hay tanto parado que sólo quedan en activo los funcionarios, los enchufados y los que trabajan de tapadillo, a cambio de dinero negro.
Mirando el escaparate vacío, como campo de batalla reciente, de una relojería muy popular, pensé en lo feliz que era de niño, cuando lo quería todo y no tenía nada. Quizás la suerte es que a esa edad se olvidan las carencias como se olvidan las cosas que no es bueno recordar. Hoy en día los niños ya no son así. Vienen maliciados de la televisión y razonan, esto es, razonan como niños, pero no olvidan.
Mi hijo tiene una memoria prodigiosa, para mi felicidad y para mi vergüenza. Digo esto porque hace una semana me devolvió los efectos de una noche de Reyes de cuando él contaba sólo tres años. Ahora tiene cinco y parece mayor, aunque yo lo sigo viendo como un renacuajo.
Hace dos años estaba allí de pie, frente a todos los regalos que los Reyes Magos, sus abuelos, sus tíos y mi tarjeta de crédito le habían dejado encima de la cama aprovechando un descuido.
–No me han traído el Scalextric –dijo con su vocecita de recién levantado. En realidad, no dijo “Scalextric” sino algo mucho más complicado y difícil de transcribir, pero el mensaje nos llegó. Todas sus ilusiones del año anterior habían consistido en recibir un Scalextric para Reyes. Cada vez que consideraba que se había portado bien nos lo recordaba.
Por eso aquella noche, mientras hacía un inventario de los regalos que le habían dejado, sólo se le ocurrió reclamar el Scalextric. Su madre y yo nos miramos. Los abuelos, que habían oído toda clase de comentarios a lo largo de su vida, sonrieron con condescendencia. Sara y yo habíamos olvidado que el chico había pedido un Scalextric, o quizás lo habíamos obviado pensando que era demasiado juguete para un niño tan pequeño. El Día de Reyes no hubo Scalextric. Mi hijo no dijo nada, sólo examinó los regalos, los contó y buscó afanosamente el regalo esperado.
–¿Te gustan los regalos? –preguntó su madre, demasiado apresuradamente.
Entonces todo cambió. La expresión de sus ojos dejó de ser la de un niño en el Día de Reyes. Su sonrisa indecisa se transformó en una mueca de decepción al principio y de desesperación después. Algo en su mente en formación le indicó que sus esperanzas habían sido en vano. Por descontado, el resto de los que allí estábamos ignorábamos su preocupación y no supimos explicarnos el motivo de su llantina cuando por fin rompió a llorar.
Sara corrió a abrazarlo, envolviéndolo en palabras de ánimo y promesas de futuros Días de Reyes más propicios. El abuelo, sin embargo, reaccionó riñendo al niño, remarcándole el valor de todo lo que había recibido, de los tiempos que tenía la suerte de vivir, y haciendo una comparación no muy oportuna con los años que a él le tocaron. Yo estaba anonadado. Era un padre primerizo. Aquél era mi tercer Día de Reyes como padre y todo estaba saliendo mal. No sabía qué pieza mover. Sara me miró con una petición angustiosa en los ojos. Me agaché junto al niño.
–¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –le pregunté, tratando de que mi voz no mostrase la inseguridad que zarandeaba mis cuerdas vocales–. ¿Es que no te gustan los regalos? Mira que los Reyes Magos han viajado un millón de kilómetros para traértelos...
La llantina no acababa. Amenazaba con convertirse en algo peor.
Sara cogió un peluche de Pepe Planeta, el personaje favorito de los gustos televisivos del niño. Se lo puso ante los ojos.
–Mira quién está aquí. ¡Pero si es Pepe Planeta!
Mi hijo apretó los labios y sacudió la cabeza enérgicamente, como si negara todo lo que estaba ocurriendo. Sara cogió una de sus manitas e intentó que abrazara al muñeco, pero sólo obtuvo una esperable reacción de rechazo. Cruzó los brazos y giró la cabeza hacia donde no podía vernos.
–¿Es que hay algún juguete que no te hayan traído? –pregunté en un atisbo de inusitada lucidez. Por primera vez, lo de ser padre se me estaba dando mal. ¿O es que antes no había tomado conciencia de mi propia ineptitud?– ¿Falta algo de tu carta a los Reyes?
Asintió sin volverse a mirarnos.
 –Y... ¿podemos saber qué es?
Volvió la cabeza el tiempo justo para gritar:
–¡El Scalextric!
Supongo que todos los niños hemos pedido alguna vez un Scalextric a los Reyes y creo que a los Magos les falló la memoria con la mayoría de nosotros. Mi hijo nos gritó aquello con la superioridad del maestro ante el ignorante. ¿Cómo no habíamos caído? ¿Es que no habían quedado claros sus deseos?
–Lo había pedido. ¡Lo había pedido en la carta!
Sara y yo nos miramos. Al observar la expresión del otro, ambos comprendimos que ninguno de los dos recordaba que el chico hubiera pedido un Scalextric.
Traté de ser conciliador.
–Recuerdo todas las cosas que pediste en la carta. La escribí yo, ¿recuerdas? –Sara asintió, pero del chico no obtuve respuesta alguna–. No recuerdo que nombraras el Scalextric.
Se volvió. Estaba claramente enojado.
–Claro que sí. ¡Lo escribiste! ¡Escribiste el Scalextric! –gritó, y se zafó de los brazos de su madre para ir a refugiarse en el cuarto de juegos.
Apenas oí la discusión que mantuvimos Sara y yo en los minutos que siguieron, ni presté atención a los comentarios que los abuelos trataban de intercalar para paliar nuestra inexperiencia; me sentía un padre nefasto, un descuidado sin sentido de la responsabilidad, un padre culpable.
Como un sonámbulo, dejé de prestar atención a Sara y di un paso atrás, y otro, y otro, y me alejé de la conversación con la vista perdida en la puerta de la habitación de juegos. Me giré en aquella dirección y, al hacerlo, tropecé con los juguetes. Me incliné para reparar el destrozo y uno de los paquetes me dio una idea. Abrí el regalo con urgencia en las manos. Rompí el papel. Forcé la caja para abrirla, desafiando el celo recalcitrante de los fabricantes, que habían sellado aquella caja como si estuvieran vendiendo una bomba de neutrones y no un teléfono musical apto para menores de tres años.
Toqué a la puerta del cuarto de juegos. No vi a mi hijo por ningún lado, por lo que supuse que se había refugiado dentro de una pequeña tienda de campaña que le regalamos por su cumpleaños. Es una tienda de juguete, con personajes de dibujos animados serigrafiados en los laterales.
Me puse a gatas y entré a duras penas. Sonrió al verme, aunque un segundo después apartó la mirada. Sin embargo, se le notaba con claridad que los derroteros por los que circulaban sus pensamientos lo habían alejado de la decepción del Scalextric. Me puse el teléfono en el oído y presioné al azar uno de sus botones. Una musiquilla chillona tarareó una canción infantil. Mi hijo fingió indiferencia. Era el momento.
–Es para ti ­–susurré, alargándole el auricular de un plástico rojo insultante.
Volvió la cabeza con precaución. No miró el teléfono. Me miró a mí.
–¿Quién es? –preguntó con la inocencia de sus tres añitos.
–Es Pepe Planeta –improvisé.
Dudó, cogió el auricular y volvió a dudar. Por fin, se lo puso en el oído y le oí decir:
–¿Diga?
Sonreí. Tenía el mismo deje de su madre al contestar al teléfono.
–¿Es él? ¿Es Pepe Planeta? –pregunté, jugándome el éxito de la operación.
Para mi consuelo, mi hijo asintió.
Pepe Planeta es su personaje favorito de la televisión. Lleva un traje colorido, al estilo de Superman, y se pasa la vida solucionando problemas a los niños e intentando que los malos no destruyan el medio ambiente. Mi hijo podría pasarse las veinticuatro horas del día viendo esos dibujos animados. Otra cosa, no, pero cuando está viendo los dibujos de Pepe Planeta se olvida de comer, de jugar e incluso de que el resto del mundo existe. Un día le pregunté por qué le gustaba tanto. Me respondió como una persona adulta.
–¿A ti te gusta la tele, papá? –Yo asentí–. ¿Qué te gusta?
Reí.
–Me gusta ver el telediario.
–¿Por qué? –preguntó.
Yo me encogí de hombros.
–No sé. Porque me gusta cómo el hombre del telediario da las noticias. Me gusta su punto de vista y su visión de...
Asintió, severo, como aprobando la calidad de mis amistades.
–¿Te gusta el hombre del telediario?
–Sí...
–Pues a mí me gusta Pepe Planeta.
Y ahora allí estaba él, charlando de sus cosas con un Pepe Planeta invisible al otro lado del teléfono, como charlaría con un amigo si tuviera edad para hilar una conversación coherente; pero, aunque sus frases fueran saltando de un asunto a otro desordenadamente, su tono se apaciguó y no tocó en ningún momento el tema de los regalos de Reyes ni la frustración de no haber recibido el Scalextric esperado. No puedo describir con palabras la conversación que mi hijo tuvo con aquel teléfono de plástico rojo en la oreja. Mi hijo tiene una imaginación inquieta y sorprendente. Supongo que la televisión tiene mucho que ver con ello. Lo más fascinante, lo maravilloso, fue que en ningún momento sacó el tema del padre irresponsable que se había olvidado de escribir la carta según sus deseos.
Se lo he agradecido durante los dos años que han pasado, a pesar de que todos olvidamos enseguida aquella noche. La prueba es que al año siguiente ni él incluyó el Scalextric en la carta a los Reyes ni nosotros dos nos acordamos...
Ahora las cosas se han torcido y pensamos en otras cuestiones. Este año, después de Reyes el mundo se nos vino encima. A Sara la despidieron, como a la mitad de la plantilla, aduciendo cuestiones de productividad, aunque lo único probable es que el negocio hubiera dejado de ser rentable para los propietarios. La reforma laboral les permitió una jugada de ajedrez en la que resultó sencillo sacrificar los peones y además estaba subvencionado. Por suerte, había cotizado los años suficientes para tener derecho a un subsidio. Podríamos superarlo, pensamos, pero lo malo de tener un problema es que, cuando tienes otro, ya son dos problemas juntos.
Un mes después, comenzó la zozobra. Nos habían bajado el sueldo, nos continuaban exigiendo productividad y amenazaban con recortarnos un cuarenta por ciento la paga de Navidad. Nadie se movió. Todos pensábamos que era ilegal un recorte de este tamaño. Veíamos las pensiones de los jubilados congeladas y, aún así, creíamos que esta maldita crisis no iba con nosotros. Las compras de Reyes se vieron recortadas un cuarenta por ciento. Muchas tiendas cerraron antes de terminar la campaña navideña. Sara y yo hicimos ajustes y previsiones, recortamos el menú de Nochebuena y cumplimos fielmente con la carta a los Reyes Magos. Todo marchó a la perfección porque ni el chico ni nosotros nos acordamos del Scalextric.
Enero fue peor, con el sueldo más bajo y la promesa de un recorte mayor. No hubo recorte. Febrero vino con una carta de despido y, como un mal compañero, me fui a llorar a mi casa sin preguntar si habían caído más como yo. Supongo que la naturaleza humana es así.
Estaba en el sofá una tarde de hace dos semanas, apesadumbrado, con la vista perdida delante de un café frío, cuando noté una presencia.
Mi hijo me observaba.
Supongo que sentí un escalofrío de inseguridad. Lo único que he hecho en las últimas semanas es levantarme con el tiempo justo para llevarle al colegio y desayunar despacio, consumiendo el máximo número de minutos posibles para no comenzar el día. Después, salgo a comprar el periódico y suelo deambular por las calles con él bajo el brazo, doblado, dilatando ese momento de comprobar que no contiene ofertas de empleo para mí. Cualquier esperanza, por vana que parezca, merece la pena disfrutarla unos minutos más. Atravieso una etapa de fe, porque no vivo, sólo miro a un futuro que quiero que exista. Camino por calles grises como el destino, doblando esquinas como quien se adentra en una nube. Todo suele estar borroso a esa hora. La noche cae a las tres de la tarde, después de almorzar, cuando el chico se acuesta para la siesta y Sara sale a algún curso.
Uno de esos días, hace una semana, me estaba ahogando en este estado de embriagada angustia cuando vi a mi hijo allí de pie, observándome. Supongo que parte de lo de ser un buen padre consiste en ocultar cualquier tipo de sentimiento que pueda confundir o preocupar a nuestros hijos. Yo no fui capaz. No tenía nada positivo que decirle, e intentar hablar fue la peor idea del mundo. Se me hizo un nudo en la garganta. Rompí a llorar.
Cuando conseguí calmarme un poco, me topé con su mirada. Seguía observándome. Yo lo miré. No fui capaz de decirle nada. Sólo pude asistir al espectáculo de su confusión contenida y a la forma en que se giró y desapareció en dirección a la habitación de los juegos.
Tomé aire. Necesitaba disimular y conseguir que el chico se acostase de nuevo. En ese momento, regresó al salón. Traía en su mano un juguete. Me lo tendió y yo lo cogí. Quise decirle que no tenía ganas de jugar, pero no encontré fuerzas. Estuvimos observándonos un rato sin que ninguna frase saltara al aire. Mi hijo me miraba con obstinación a los ojos. Supongo que vigilaba que ninguna lágrima asomara a ellos. Hice una mueca que quería ser una sonrisa. Él la malinterpretó.
–Tienes una llamada –dijo en voz baja.
No supe qué contestar. No imaginaba a quién se refería. En realidad, mi mente estaba en otra cosa.
–¿No quieres hablar con tu amigo? –insistió.
–¿Qué amigo? –respondí de forma automática.
–Tu amigo, el hombre del telediario –respondió con naturalidad.
 Fue en ese momento cuando me percaté de lo que tenía en la mano. Era un teléfono musical que le habían traído los Reyes algunos años atrás.
Él volvió a insistir. Yo levanté la mano y me puse el teléfono de juguete en la oreja. Mi hijo me observó, expectante, con una sonrisa enorme y esperanzada.
–¿Diga? –murmuré. Y, al hablar, noté cómo se me hacía un nudo en la garganta. Sin saber por qué, me eché a llorar.
Mi hijo se acercó lentamente y me quitó el teléfono de las manos. Observaba mis lágrimas.
–¿Qué pasa, papá? ¿Se ha cortado?

  
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© 2011, Félix Amador Gálvez




[1] Accesit en el III Premio Quirón de Relatos Cortos