martes, 1 de noviembre de 2011

TEORÍAS FEMENINAS (Y VERDES)

Finalizó el IV Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras en Moguer con nuevas caras y nuevas perspectivas poéticas descubiertas en las gloriosas intervenciones de Juan José Luna, Carmen Valladolid, Carmen Ramos y Juan Calle, además de volver a escuchar a figuras conocidas como Ramón Llanes, un teatral Paco Huelva o la siempre intimista Dolo Vidosa. Desgraciadamente, la escasez de subvenciones este año no han permitido editar la clásica antología en papel. Es por eso que me permito prestaros el texto que aparecerá en la misma con mi firma. Es una historia sobre nuestra relación con los seres "inanimados" y... Mejor que lo leáis vosotros mismos. Su título es

TEORÍAS FEMENINAS SOBRE EL CAOS Y EL ORDEN

ANTES, Isabel solía enfadarse cuando le llevaba la contraria. Sostenía que la felicidad está en nuestra conexión con los elementos del universo que nos rodea, elementos que ella juraba que estaban vivos, que dentro de las piedras, los árboles, el viento y las flores corría a modo de sistema sanguíneo una inteligencia natural. Yo, sin embargo, pensaba que la felicidad eran otras cosas, cosas como una risa, un sol de invierno, una novela clásica, un silencio en medio de una conversación, unas viejas entradas de teatro olvidadas en un cajón, un estribillo de Chet Baker… Solíamos sentarnos en el mismo banco del parque, siempre en el mismo banco, ocultándonos a nosotros mismos el hecho insoslayable de que era siempre el mismo banco y fingiendo que era uno nuevo cada tarde de la manera que los lugares cambian con el paso de las estaciones y el banco bajo el sicómoro en la primera semana de otoño no era el mismo banco que una semana después, porque eran distintos los colores, los olores, los jerseys de los niños del parque e incluso sus juegos. Isabel decía que aquel árbol nos escuchaba, que prestaba atención a nuestras interminables conversaciones. Afirmaba, entusiasta, ella, que sus hojas y sus ramas callaban cuando nosotros hablábamos, lo cual es un hecho más improbable lógica que científicamente porque Isabel hablaba por los codos, enlazando un tema con el otro, ligando a Benedetti con Nick Hornby, a Mingus con los Soprano, a Juan Ramón con Debussy, las teorías sobre el origen del universo con las comedias que pasaban por televisión.

AHORA, en la distancia, sopeso la posibilidad de que en aquel momento, en cualquiera de aquellos momentos en aquel banco que para nosotros era topográfico, yo supiera que no estaba destinado a pasar mucho tiempo de mi vida con Isabel. El destino nos tenía guardada una esquina detrás de la cual uno de nosotros desaparecería en un absurdo juego del escondite y el otro no sería capaz de encontrarlo jamás. Le tocó a ella. Desapareció. Se esfumó una tarde de enero víctima de una frase escueta y grave pronunciada por un médico. ¿Se puede morir de una frase? Ahora sé que sí. Todos lo esperábamos, sus padres, sus hermanas y quizás yo. Sí, yo también lo esperaba. Pero Isabel seguía viva en nuestras conversaciones hasta que aquel médico con cara de sueño pronunció la frase. Escueta. Grave.

DESPUÉS, en el vacío, he entendido la extraña relación de familiaridad que Isabel tenía con aquel árbol. Su sombra sobre nuestro banco iba a ser, a la postre, el único hogar que el destino nos tendría guardado. Y una tarde, por una causalidad, por un momento de lucidez entre la ensoñación que me acompañaba en el sofá, un documental en la televisión y el envoltorio de un Valium junto al café, oí aquella palabra y pensé en Isabel. Sicómoro. Fue como si el hecho de conocer su nombre cambiara el significado que aquel árbol tenía para mí. Como si fuera una persona más de nuestra familia, la más cercana, el amigo más íntimo, el más afín, el que había escuchado nuestras tonterías. Al fin y al cabo, es un ser vivo.

HOY, a la hora que reuní las fuerzas necesarias, me acerqué al parque. Ya no parecía un ser vivo. Sus ramas estaban secas y manchadas de hojas grises y amarillas entre el poco verdor que luchaba aún por sobrevivir. Siguiendo una costumbre sin explicación, me senté en mi lado del banco. La sombra del sicómoro proyectaba un halo de frío alrededor. Era como sentarse junto a un cadáver. Me eché hacia atrás. Pasé más tiempo junto a aquel árbol del que había pasado junto a aquella Isabel lívida y ausente que se llevaron a hombros unos hombres de uniforme. La tarde me sorprendió hablando, rememorando una discusión apasionada que tuvimos en cierta ocasión acerca de la importancia del orden. Ella encontraba el caos en las paranoias de Aronofsky y yo en las ensoñaciones sensoriales de Marcel Proust. ¿Por qué me vino a la mente aquella conversación? Por peregrino que pueda parecer, recordaba cada frase, cada argumentación, y en este momento, sólo en este momento, creo entender por qué Swan recorría con delectación los complicados caminos que iban desde sus percepciones de los objetos al interior de sus sentimientos: estamos conectados con cada elemento del universo que nos rodea, especialmente con los vivos. Esto es importante. Cuando un elemento muere no hay posibilidad de volver a conectar con él. Sólo queda un rastro de lo que fuimos a su lado. El sicómoro lo sabe. Yo lo ignoraba y perdí el tiempo refutando las teorías de Isabel en lugar de escuchar su voz. Su voz. Sin embargo, ahora que el árbol me escucha, que tiene alguien a quien escuchar de nuevo, creo que, puedo sentirlo, algunas de sus hojas comienzan a reverdecer.

*
 Félix Amador-Gálvez
Moguer, 28 de septiembre de 2011


2 comentarios:

Nelson Javier Salinas Soto dijo...

Muy bueno me ha gustado mucho, te felicito...volveré

Te visito desde

http://desdoblamientointelectual.blogspot.com/

Suerte!!

Dolo dijo...

Muy bueno, Félix, me ha gustado mucho. Y me alegro haberlo podido leer aquí, aunque hubiera sido mejor, claro, escuchartelo a ti en Moguer. Te felicito, un abrazo!!