lunes, 26 de diciembre de 2011

Alquimia del sueño eterno

Obra del belenista José María Villa (foto de Europa Press)
Estimad@s, pensaba dejar este regalo para Reyes, pero discurre tan lento y plácido esto de la Navidad, con su apología de la familia y la obligatoriedad de los buenos deseos (para los que os dedicáis a otra cosa durante el resto del año, no está mal profundizar en esto de desear felicidad a los demás: es bueno incluso para uno mismo) que he decidido enviároslo ya por si sois de los partidarios de Papá Noel y habéis echado de menos algún regalo...

Como este humilde autor no tiene otra cosa que regalaros, tendrá que ser un relato, uno que apareció en el libro Cocina y magia (2010), el cual recogía los relatos ganadores del XVII Premio de Relato Gastronómico del Restaurante "El Chiscón", además de artículos y recetas de este increíble restaurante del madrileño Barrio de Salamanca. Es la historia de una guerra infame y de una victoria triste, hechos que pedimos a los Reyes Magos que no se repitan el año que entra. Un pequeño relato y un gran deseo.

He aquí.

Félix Amador-Gálvez
ALQUIMIA DEL SUEÑO ETERNO
No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir.
ADOLFO BIOY CASARES,
La invención de Morel
El marido sorbe la sopa con ademán ruidoso. Natalia sabe que es gula, aunque parece ruido, pero es igual. No importan los modales cuando se llevan tantos años casados.
–Me gusta este brebaje –suelta el marido.
Natalia sabe que es un cumplido, uno de pocos, aunque parece un gruñido, pero es igual. A cierta edad se aprecian los cumplidos aunque vengan con una factura detrás.
Lo anecdótico es que la palabra “brebaje” le ha arrancado un escalofrío. En su pueblo materno había una vieja solitaria y huraña de la que decían los otros niños que era una bruja, que preparaba brebajes para asegurar enamorados y para ahuyentar el mal fario y para muchas otras cosas que son útiles en distintos momentos de la vida, cuando los métodos naturales o los bancos o el espíritu no nos son propicios.
La primera vez que Natalia fue a ver a aquella bruja tenía ya la edad de treinta y un años. La “bruja” seguía viva, tan anciana como en sus recuerdos de la niñez, extrañamente igual de anciana. No parecían haber pasado por ella los años. Continuaba aparentando cien, pero ni uno más que en aquellos viejos recuerdos. Natalia le pidió una pócima de San Antonio, para atar a un novio que la pretendía a la salida de la fábrica, un mecánico del que decían que tenía futuro. Compró el bebedizo. Lo pagó caro. Esto último no lo supo hasta años después.
La segunda vez que Natalia fue a ver a la bruja del pueblo llevaba otras miras. El novio había ascendido a marido, aunque, para ser más gráfico, deberíamos usar el verbo “deteriorado”...
La segunda vez que Natalia fue a ver a la bruja del pueblo, su novio se había deteriorado en marido y ella tenía otras miras. Buscaba un brebaje concreto, uno que provocase otros efectos menos eróticos; más bien al contrario, iba en busca de un cocimiento que refrenase las ansias de él, ansias antinaturales ahora que todo se había enfriado, esos instintos que la atacaban por rutina, aun cuando no mediaba más cariño que la costumbre, aun cuando no compartían más palabra que un “hola”, un “me voy” o un “qué hay de cenar”, aun cuando hubiese un “no” de por medio. Natalia odiaba esa forma que tenía él de tomarla, usarla y olvidarla un instante después. Cuántas veces la había llamado con cualquier pretexto, la había agarrado de la mano y la había tomado sin oír sus quejas ni sus súplicas ni sus noes, para después subirse los pantalones y, sin decir palabra, irse a la nevera, coger una cerveza y dejarse caer en el sofá a ver la televisión.
Natalia sabía que merecía unas palabras, al menos unas palabras, si no un gesto, un cariño, un detalle. Sabía que merecía muchas otras cosas, pero se conformaba con el silencio y la única forma que conocía de encontrar ese silencio era aquel carísimo y esotérico líquido.
Poner tres gotas de aquel brebaje en la sopa del marido cada noche se había convertido en la rutina más deseable. Tres gotas no afectaban al sabor de la sopa. Tres gotas no afectaban al sabor de ninguna comida, pero el marido siempre quería sopa, cada noche, sopa con fideos, fideos finos, que no se confundiera. Tres gotas conseguían que el monstruo, ahíto de fideos, cayera rendido en el sofá con los ojos semiabiertos, sin ganas ni fuerzas para invadir su cuerpo, rendido por completo aunque dieran fútbol por televisión. Tres gotas sumaban la felicidad necesaria para llegar hasta las siete de la mañana. Bendita alquimia.
Ahora el marido sorbe, como todas las noches, la sopa con ademán ruidoso. Natalia sabe que es gula, aunque parece ruido, pero es igual. No importan los modales cuando se llevan tantos años casados.
–Me gusta este brebaje –ha repetido el marido.
Natalia ignora el cumplido. Ha habido pocos a lo largo de su matrimonio, pero es igual. Sabe que ya no los necesita. Llega un momento en la vida en la que todos encontramos la llave de la tranquilidad. Para unos, es una afición que le aleja de las preocupaciones; para otros, el hallazgo de un mecanismo que le evitará problemas por los que ha estado pasando durante años.
Natalia ha descubierto el modo de librarse de todas, absolutamente de todas sus preocupaciones. Ha encontrado la fórmula precisa. Recordando su segunda visita a la bruja del pueblo, le vino esta mañana aquella advertencia que le había silbado al oído:
–Cuidado: una cantidad excesiva de este brebaje puede conllevar un sueño eterno.
La conjunción de estas dos palabras, “sueño eterno”, despertaron en un principio en Natalia el recuerdo de algún título de alguna película olvidada en la memoria, cosas extranjeras que ella no entendía.
Eso fue por la mañana, mientras sacaba el polvo al salón. La hora de comer la sorprendió con el paño del polvo en la mano, ensimismada en peregrinos pensamientos, en un plan disparatado y sorprendentemente reconfortante.
Unas gotas de más, una dosis más alta, descabelladamente más alta de lo aconsejado, el sueño eterno.
El marido vuelve a sorber la sopa. Se deja algunos fideos olvidados en los labios. Ahora no dice nada. Se le han acabado los parcos elogios. Se le han acabado muchas otras cosas, pero aún no lo sabe.
Natalia sonríe. Se acaba con ganas su plato de sopa. Vuelve a sonreír. Disfruta de la cena. Dentro de unos momentos, el marido se irá a ver el fútbol a la tele y terminará dormido sobre el sofá con una cerveza en la mano. Cuando despierte, una hora o dos después, encontrará que es ella, la Natalia fiel y servicial y callada, la que duerme finalmente, con una sonrisa en los labios, un merecido sueño eterno.

*

© Félix Amador Gálvez


1 comentario:

Dolo dijo...

Ya lo conocía, pero lo he releído, ufff, qué triste me ha parecido. Pero buenísimo, como todos tus relatos.
Espero que los reyes te hayan traído cosas más alegritas, y que este año y todos los años te traigan de oriente letras, letras, muchas letras para ser escritas, para ser leídas..Para que puedas seguir disfrutando de esas dos pasiones (crear, leer)por siempre jamás. Besos!!