miércoles, 2 de enero de 2013

¿FELIZ AÑO?

Etapas de fe...

Vivimos una época oscura, como dirían en alguna novela-río con elementos fantásticos y un trasfondo político de cortar cabezas y muy señor mío. Dicen que es una época de transición. Ojalá. Todo se mueve, de todos modos, a un ritmo que parece que la vida se ha detenido. ¿Será que se ha acabado el mundo y no nos hemos dado cuenta, pobres de nosotros?

Esperando que vengan los Reyes Magos, esos que traen este año en sus zurrones más ilusión que juguetes electrónicos, un servidor ha decidido humildemente regalarles un relato. Ganó un pobre accésit hace un año en un premio de relatos. También ha ganado unas cuantas sonrisas de lectores a los que aprecio por su crudo juicio. 

Espero que les guste y que sí, que el año que entra sea feliz, por los motivos que ustedes quieran, pero feliz.

Un abrazo a los que están lejos.


ETAPAS DE FE [1]
   

Mi hijo tiene cinco años y es más listo que yo. Supongo que todos tenemos esa sensación en algún momento de nuestra vida como padres, del mismo modo que todos atravesamos en algún momento una etapa que no hubiéramos podido superar sin la ayuda de los demás. Más tarde o más temprano, al volver una página, ese capítulo aparece y se nos pone ante los ojos como una muralla infranqueable. La fortuna de pasar al otro lado depende, en gran medida, de la calidad de quien tengamos al lado y de la fe en una vía de salida que no podemos vislumbrar.
Esta mañana he salido a dar una vuelta por el centro. En realidad, sólo salí para comprar el periódico, o eso fue lo que le dije a Sara, pero lo cierto es que necesitaba pensar, sentir el aire de la mañana y pasear sin rumbo para poner en orden ciertas ideas.
Los compañeros decían que todo estaba pactado y que no teníamos nada que hacer, ni los sindicatos ni los empleados. El destino. El status quo. Eso decían. Deberíamos haber imaginado algo cuando nos rebajaron el sueldo; nadie se la juega así a los que movemos la máquina, pero lo hicieron. Después, vino lo de la paga. Nos rebajaron la paga extra a la mitad, más o menos, un cuarenta por ciento de reducción por el bien de todos. Para paliar la crisis, dijeron. Con esto, ni siquiera tenían para tapar los agujeros que ellos, Los de Arriba, habían provocado. Los de Abajo pataleamos, como siempre, y, como siempre, no conseguimos nada, ni siquiera alterar su experimentada indiferencia. Ahora estoy en el paro.
Esta mañana el cielo estaba plomizo como siempre pensé que estaría el cielo gris del París de Cortázar. Toda la mañana deslucía un color apesadumbrado. La calle estaba sucia, gris. Había tiendas cerradas por donde quiera que pasaba: relojerías, tiendas de regalos, cafés, panaderías... Todas me ofrecían el mudo y abatido gris metalizado de sus rejas cerradas. Quizás un día todo este sistema eche el cerrojo y tengamos que vivir como lo hacían nuestros abuelos, de la subsistencia o de la tierra o de la fe. Los carteles que venden pisos que son hogares ocultan los que anunciaban una huelga general que nadie pudo permitirse. De la misma manera, unos recuerdos tristes tapan otros que pretendemos más tristes. Mi vida se balancea en la incertidumbre. Dice una estadística que hay tanto parado que sólo quedan en activo los funcionarios, los enchufados y los que trabajan de tapadillo, a cambio de dinero negro.
Mirando el escaparate vacío, como campo de batalla reciente, de una relojería muy popular, pensé en lo feliz que era de niño, cuando lo quería todo y no tenía nada. Quizás la suerte es que a esa edad se olvidan las carencias como se olvidan las cosas que no es bueno recordar. Hoy en día los niños ya no son así. Vienen maliciados de la televisión y razonan, esto es, razonan como niños, pero no olvidan.
Mi hijo tiene una memoria prodigiosa, para mi felicidad y para mi vergüenza. Digo esto porque hace una semana me devolvió los efectos de una noche de Reyes de cuando él contaba sólo tres años. Ahora tiene cinco y parece mayor, aunque yo lo sigo viendo como un renacuajo.
Hace dos años estaba allí de pie, frente a todos los regalos que los Reyes Magos, sus abuelos, sus tíos y mi tarjeta de crédito le habían dejado encima de la cama aprovechando un descuido.
–No me han traído el Scalextric –dijo con su vocecita de recién levantado. En realidad, no dijo “Scalextric” sino algo mucho más complicado y difícil de transcribir, pero el mensaje nos llegó. Todas sus ilusiones del año anterior habían consistido en recibir un Scalextric para Reyes. Cada vez que consideraba que se había portado bien nos lo recordaba.
Por eso aquella noche, mientras hacía un inventario de los regalos que le habían dejado, sólo se le ocurrió reclamar el Scalextric. Su madre y yo nos miramos. Los abuelos, que habían oído toda clase de comentarios a lo largo de su vida, sonrieron con condescendencia. Sara y yo habíamos olvidado que el chico había pedido un Scalextric, o quizás lo habíamos obviado pensando que era demasiado juguete para un niño tan pequeño. El Día de Reyes no hubo Scalextric. Mi hijo no dijo nada, sólo examinó los regalos, los contó y buscó afanosamente el regalo esperado.
–¿Te gustan los regalos? –preguntó su madre, demasiado apresuradamente.
Entonces todo cambió. La expresión de sus ojos dejó de ser la de un niño en el Día de Reyes. Su sonrisa indecisa se transformó en una mueca de decepción al principio y de desesperación después. Algo en su mente en formación le indicó que sus esperanzas habían sido en vano. Por descontado, el resto de los que allí estábamos ignorábamos su preocupación y no supimos explicarnos el motivo de su llantina cuando por fin rompió a llorar.
Sara corrió a abrazarlo, envolviéndolo en palabras de ánimo y promesas de futuros Días de Reyes más propicios. El abuelo, sin embargo, reaccionó riñendo al niño, remarcándole el valor de todo lo que había recibido, de los tiempos que tenía la suerte de vivir, y haciendo una comparación no muy oportuna con los años que a él le tocaron. Yo estaba anonadado. Era un padre primerizo. Aquél era mi tercer Día de Reyes como padre y todo estaba saliendo mal. No sabía qué pieza mover. Sara me miró con una petición angustiosa en los ojos. Me agaché junto al niño.
–¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –le pregunté, tratando de que mi voz no mostrase la inseguridad que zarandeaba mis cuerdas vocales–. ¿Es que no te gustan los regalos? Mira que los Reyes Magos han viajado un millón de kilómetros para traértelos...
La llantina no acababa. Amenazaba con convertirse en algo peor.
Sara cogió un peluche de Pepe Planeta, el personaje favorito de los gustos televisivos del niño. Se lo puso ante los ojos.
–Mira quién está aquí. ¡Pero si es Pepe Planeta!
Mi hijo apretó los labios y sacudió la cabeza enérgicamente, como si negara todo lo que estaba ocurriendo. Sara cogió una de sus manitas e intentó que abrazara al muñeco, pero sólo obtuvo una esperable reacción de rechazo. Cruzó los brazos y giró la cabeza hacia donde no podía vernos.
–¿Es que hay algún juguete que no te hayan traído? –pregunté en un atisbo de inusitada lucidez. Por primera vez, lo de ser padre se me estaba dando mal. ¿O es que antes no había tomado conciencia de mi propia ineptitud?– ¿Falta algo de tu carta a los Reyes?
Asintió sin volverse a mirarnos.
 –Y... ¿podemos saber qué es?
Volvió la cabeza el tiempo justo para gritar:
–¡El Scalextric!
Supongo que todos los niños hemos pedido alguna vez un Scalextric a los Reyes y creo que a los Magos les falló la memoria con la mayoría de nosotros. Mi hijo nos gritó aquello con la superioridad del maestro ante el ignorante. ¿Cómo no habíamos caído? ¿Es que no habían quedado claros sus deseos?
–Lo había pedido. ¡Lo había pedido en la carta!
Sara y yo nos miramos. Al observar la expresión del otro, ambos comprendimos que ninguno de los dos recordaba que el chico hubiera pedido un Scalextric.
Traté de ser conciliador.
–Recuerdo todas las cosas que pediste en la carta. La escribí yo, ¿recuerdas? –Sara asintió, pero del chico no obtuve respuesta alguna–. No recuerdo que nombraras el Scalextric.
Se volvió. Estaba claramente enojado.
–Claro que sí. ¡Lo escribiste! ¡Escribiste el Scalextric! –gritó, y se zafó de los brazos de su madre para ir a refugiarse en el cuarto de juegos.
Apenas oí la discusión que mantuvimos Sara y yo en los minutos que siguieron, ni presté atención a los comentarios que los abuelos trataban de intercalar para paliar nuestra inexperiencia; me sentía un padre nefasto, un descuidado sin sentido de la responsabilidad, un padre culpable.
Como un sonámbulo, dejé de prestar atención a Sara y di un paso atrás, y otro, y otro, y me alejé de la conversación con la vista perdida en la puerta de la habitación de juegos. Me giré en aquella dirección y, al hacerlo, tropecé con los juguetes. Me incliné para reparar el destrozo y uno de los paquetes me dio una idea. Abrí el regalo con urgencia en las manos. Rompí el papel. Forcé la caja para abrirla, desafiando el celo recalcitrante de los fabricantes, que habían sellado aquella caja como si estuvieran vendiendo una bomba de neutrones y no un teléfono musical apto para menores de tres años.
Toqué a la puerta del cuarto de juegos. No vi a mi hijo por ningún lado, por lo que supuse que se había refugiado dentro de una pequeña tienda de campaña que le regalamos por su cumpleaños. Es una tienda de juguete, con personajes de dibujos animados serigrafiados en los laterales.
Me puse a gatas y entré a duras penas. Sonrió al verme, aunque un segundo después apartó la mirada. Sin embargo, se le notaba con claridad que los derroteros por los que circulaban sus pensamientos lo habían alejado de la decepción del Scalextric. Me puse el teléfono en el oído y presioné al azar uno de sus botones. Una musiquilla chillona tarareó una canción infantil. Mi hijo fingió indiferencia. Era el momento.
–Es para ti ­–susurré, alargándole el auricular de un plástico rojo insultante.
Volvió la cabeza con precaución. No miró el teléfono. Me miró a mí.
–¿Quién es? –preguntó con la inocencia de sus tres añitos.
–Es Pepe Planeta –improvisé.
Dudó, cogió el auricular y volvió a dudar. Por fin, se lo puso en el oído y le oí decir:
–¿Diga?
Sonreí. Tenía el mismo deje de su madre al contestar al teléfono.
–¿Es él? ¿Es Pepe Planeta? –pregunté, jugándome el éxito de la operación.
Para mi consuelo, mi hijo asintió.
Pepe Planeta es su personaje favorito de la televisión. Lleva un traje colorido, al estilo de Superman, y se pasa la vida solucionando problemas a los niños e intentando que los malos no destruyan el medio ambiente. Mi hijo podría pasarse las veinticuatro horas del día viendo esos dibujos animados. Otra cosa, no, pero cuando está viendo los dibujos de Pepe Planeta se olvida de comer, de jugar e incluso de que el resto del mundo existe. Un día le pregunté por qué le gustaba tanto. Me respondió como una persona adulta.
–¿A ti te gusta la tele, papá? –Yo asentí–. ¿Qué te gusta?
Reí.
–Me gusta ver el telediario.
–¿Por qué? –preguntó.
Yo me encogí de hombros.
–No sé. Porque me gusta cómo el hombre del telediario da las noticias. Me gusta su punto de vista y su visión de...
Asintió, severo, como aprobando la calidad de mis amistades.
–¿Te gusta el hombre del telediario?
–Sí...
–Pues a mí me gusta Pepe Planeta.
Y ahora allí estaba él, charlando de sus cosas con un Pepe Planeta invisible al otro lado del teléfono, como charlaría con un amigo si tuviera edad para hilar una conversación coherente; pero, aunque sus frases fueran saltando de un asunto a otro desordenadamente, su tono se apaciguó y no tocó en ningún momento el tema de los regalos de Reyes ni la frustración de no haber recibido el Scalextric esperado. No puedo describir con palabras la conversación que mi hijo tuvo con aquel teléfono de plástico rojo en la oreja. Mi hijo tiene una imaginación inquieta y sorprendente. Supongo que la televisión tiene mucho que ver con ello. Lo más fascinante, lo maravilloso, fue que en ningún momento sacó el tema del padre irresponsable que se había olvidado de escribir la carta según sus deseos.
Se lo he agradecido durante los dos años que han pasado, a pesar de que todos olvidamos enseguida aquella noche. La prueba es que al año siguiente ni él incluyó el Scalextric en la carta a los Reyes ni nosotros dos nos acordamos...
Ahora las cosas se han torcido y pensamos en otras cuestiones. Este año, después de Reyes el mundo se nos vino encima. A Sara la despidieron, como a la mitad de la plantilla, aduciendo cuestiones de productividad, aunque lo único probable es que el negocio hubiera dejado de ser rentable para los propietarios. La reforma laboral les permitió una jugada de ajedrez en la que resultó sencillo sacrificar los peones y además estaba subvencionado. Por suerte, había cotizado los años suficientes para tener derecho a un subsidio. Podríamos superarlo, pensamos, pero lo malo de tener un problema es que, cuando tienes otro, ya son dos problemas juntos.
Un mes después, comenzó la zozobra. Nos habían bajado el sueldo, nos continuaban exigiendo productividad y amenazaban con recortarnos un cuarenta por ciento la paga de Navidad. Nadie se movió. Todos pensábamos que era ilegal un recorte de este tamaño. Veíamos las pensiones de los jubilados congeladas y, aún así, creíamos que esta maldita crisis no iba con nosotros. Las compras de Reyes se vieron recortadas un cuarenta por ciento. Muchas tiendas cerraron antes de terminar la campaña navideña. Sara y yo hicimos ajustes y previsiones, recortamos el menú de Nochebuena y cumplimos fielmente con la carta a los Reyes Magos. Todo marchó a la perfección porque ni el chico ni nosotros nos acordamos del Scalextric.
Enero fue peor, con el sueldo más bajo y la promesa de un recorte mayor. No hubo recorte. Febrero vino con una carta de despido y, como un mal compañero, me fui a llorar a mi casa sin preguntar si habían caído más como yo. Supongo que la naturaleza humana es así.
Estaba en el sofá una tarde de hace dos semanas, apesadumbrado, con la vista perdida delante de un café frío, cuando noté una presencia.
Mi hijo me observaba.
Supongo que sentí un escalofrío de inseguridad. Lo único que he hecho en las últimas semanas es levantarme con el tiempo justo para llevarle al colegio y desayunar despacio, consumiendo el máximo número de minutos posibles para no comenzar el día. Después, salgo a comprar el periódico y suelo deambular por las calles con él bajo el brazo, doblado, dilatando ese momento de comprobar que no contiene ofertas de empleo para mí. Cualquier esperanza, por vana que parezca, merece la pena disfrutarla unos minutos más. Atravieso una etapa de fe, porque no vivo, sólo miro a un futuro que quiero que exista. Camino por calles grises como el destino, doblando esquinas como quien se adentra en una nube. Todo suele estar borroso a esa hora. La noche cae a las tres de la tarde, después de almorzar, cuando el chico se acuesta para la siesta y Sara sale a algún curso.
Uno de esos días, hace una semana, me estaba ahogando en este estado de embriagada angustia cuando vi a mi hijo allí de pie, observándome. Supongo que parte de lo de ser un buen padre consiste en ocultar cualquier tipo de sentimiento que pueda confundir o preocupar a nuestros hijos. Yo no fui capaz. No tenía nada positivo que decirle, e intentar hablar fue la peor idea del mundo. Se me hizo un nudo en la garganta. Rompí a llorar.
Cuando conseguí calmarme un poco, me topé con su mirada. Seguía observándome. Yo lo miré. No fui capaz de decirle nada. Sólo pude asistir al espectáculo de su confusión contenida y a la forma en que se giró y desapareció en dirección a la habitación de los juegos.
Tomé aire. Necesitaba disimular y conseguir que el chico se acostase de nuevo. En ese momento, regresó al salón. Traía en su mano un juguete. Me lo tendió y yo lo cogí. Quise decirle que no tenía ganas de jugar, pero no encontré fuerzas. Estuvimos observándonos un rato sin que ninguna frase saltara al aire. Mi hijo me miraba con obstinación a los ojos. Supongo que vigilaba que ninguna lágrima asomara a ellos. Hice una mueca que quería ser una sonrisa. Él la malinterpretó.
–Tienes una llamada –dijo en voz baja.
No supe qué contestar. No imaginaba a quién se refería. En realidad, mi mente estaba en otra cosa.
–¿No quieres hablar con tu amigo? –insistió.
–¿Qué amigo? –respondí de forma automática.
–Tu amigo, el hombre del telediario –respondió con naturalidad.
 Fue en ese momento cuando me percaté de lo que tenía en la mano. Era un teléfono musical que le habían traído los Reyes algunos años atrás.
Él volvió a insistir. Yo levanté la mano y me puse el teléfono de juguete en la oreja. Mi hijo me observó, expectante, con una sonrisa enorme y esperanzada.
–¿Diga? –murmuré. Y, al hablar, noté cómo se me hacía un nudo en la garganta. Sin saber por qué, me eché a llorar.
Mi hijo se acercó lentamente y me quitó el teléfono de las manos. Observaba mis lágrimas.
–¿Qué pasa, papá? ¿Se ha cortado?

  
*
  
© 2011, Félix Amador Gálvez




[1] Accesit en el III Premio Quirón de Relatos Cortos



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