lunes, 3 de marzo de 2014

ESTACIÓN TERMINI

Un nuevo premio de relato. Hacía tiempo que no participaba en estas lides pero, ya saben, es más difícil que te lean en una editorial que... Bien, en los premios te leen. Y en este, organizado en Pilas, tienen tradición. Son ya veintiséis las ediciones que llevan fomentando la lectura en estos tiempos que corren en los que hay cosas má importantes, como la tele, el whatsapp...

Les dejo el relato. Es un homenaje a... Mejor que lo lean.




ESTACIÓN TERMINI
XXVI premio de relato corto 'Biblioteca de Pilas'


Aún recuerdo aquel viaje. Fue el último que hice en tren y aún hoy un estremecimiento remueve mis creencias apóstatas cuando rememoro los hechos. En aquel viaje de vuelta crucé una línea real hasta un mundo imaginado. Aún no entiendo cómo ocurrió.

     Era una tarde de otoño y, antes de ponerse en marcha el tren, ya comenzó a invadirme una somnolencia irreprimible, lastre de seis días jalonados de conferencias agotadoras, encuentros olvidables e inútiles desencuentros. Por fortuna, la vuelta a la realidad estaba al final de la vía. Miré el reloj con esperanza. Dos horas y cuarenta y cinco minutos, el tiempo que faltaba para regresar a mi reino particular, unos metros cuadrados de una pequeña ciudad de provincias, un limitado espacio que declaré independiente hace algunos años y cuyos únicos súbditos, infieles e insumisos en su mayoría, ascienden ya a la inquietante población de más de seiscientos libros y algunos discos.

     A través de la ventanilla, una chica vestida de negro distrajo mi atención. Corría a lo largo del arcén, arrastrando sus maletas y buscando el coche que correspondía a su billete. Faltaban poco más de dos minutos para la partida. Su paso acelerado y lo ajustado de su vestido imbuían sus prisas de un absurdo dramatismo fuera de lugar. No pude evitar que se me viniera a la mente la escena de Con faldas y a lo loco en la que Marilyn Monroe camina junto al tren y recibe esa ráfaga de vapor que la hace saltar como una gacela exuberante. Desvié la mirada. Si aquella chica del arcén hubiera vuelto la cabeza y me hubiera mostrado su rostro, habría confirmado que no era Marilyn y la ilusión se habría derrumbado por sí sola. Hay mitos que es mejor no tocar.

     Cerré los ojos intentando concentrarme en dormir. Un día más en Madrid y habría estallado; un poco de sueño y estaría como nuevo otra vez. En cuanto notara el empuje del tren caería en el sueño más profundo, una medicina más lenitiva que pasar el rato leyendo o viendo la película correspondiente, y evitaría tener que elegir entre estas dos tentadoras opciones.

     Acababa de cerrar los ojos, acababa de sentir el primer empujón del tren poniéndose en marcha, cuando alguien se sentó a mi lado de golpe, quizás dejándose caer sobre el asiento, y desperté.

     –Perdone, no quería despertarle –se disculpó, y su voz era casi un susurro, intangible, fugaz, que me hizo dudar de haberla oído–. Lo siento.

     Sonreí condescendientemente. Hablaba como las actrices antiguas, las que sabían interpretar y comunicar, las que no necesitaban doblaje. Sus ojos brillaron, confusos, a través de los gruesos cristales de sus gafas pasadas de moda, cuando intuyeron mi curiosidad.

     –Su cara me es familiar. Disculpe mi imprudencia, pero ¿nos conocemos?

     Entonces fue ella quien me devolvió la sonrisa. El gesto tuvo un efecto desconcertante en mi agotada mente. Me sentí arrobado, incluso confuso. En algún asiento de la parte de atrás el timbre de un móvil interrumpió mi percepción de la realidad. Sonaba a música de Art Tatum o de Lennie Tristano o quizás fuera Fats Waller, quien murió en un tren, a causa de la gripe, mientras dormía. El caso es que la somnolencia y la poca iluminación del vagón incidían en mi aturdimiento con una penumbra que era casi un blanco y negro como los blancoynegros gloriosos de hace sesenta años.

     –Me llamo Miriam Joyce Haines –cantó, tendiéndome una mano pequeña y pálida, casi gris.

     –Su nombre me suena –acerté a responder, sin percatarme de que no le había dicho cómo me llamaba.

     Sonreía aún, pero la expresión de sus ojos se había tornado imprecisamente grave. Desconfié.

     –Puede que me haya visto en el cine –añadió, guiñándome cada sílaba.

     Yo protesté.

     –Ah, pero es que yo voy muy poco al cine –mentí. Nada hay peor para alguien famoso que no ser reconocido–. ¿Es actriz?

     –Puede que me haya visto en Extraños en el tren. Mi marido encargó a un hombre que me matara.

     Me disparó aquella crueldad no por fantástica menos vívida. Extraños en un tren se estrenó en 1951. Iba a responder algo ingenioso, pero me sentí mareado, envuelto en un torbellino que me empujaba hacia un abismo que estaba sólo en mi mente. Intenté reponerme. La miré a los ojos. Sonreía, cándidamente. Mi desconcierto estalló en mil pedazos. Intenté serenarme, reír la broma. Dije

     –Creo que no ocurrió como usted lo cuenta. Fue ese otro hombre, Bruno Anthony, quien intentó convencer a su marido de que un doble crimen era la solución a los problemas de ambos. No, no fue como usted lo cuenta. Su marido jamás aceptó el trato. Fue ese tal Bruno quien confundió las palabras y los gestos, quien asumió la hipótesis como un acuerdo en firme –añadí, circunspecto, incrédulo; pero, sin saberlo, era yo quien había dado el paso al otro lado de la línea que separa realidad y fantasía.

     Su rostro sombrío parecía apagarse por momentos, pálido, cerúleo, grisáceo. Busqué con la vista alrededor un poco de auxilio, pero el resto de los pasajeros permanecían enfrascados en sus vidas, extrañamente ausentes y apagados como encerrados en una luz mortecina y también gris. Todo el mundo permanecía en silencio. Nadie nos prestaba atención. Una extraña música ambientaba la escena. Era como si aquella mujer y yo estuviéramos solos en el vagón.

     –Necesito su ayuda –gimió.

     Yo no supe qué responder.

     –¿Habla en serio? ¿Quién es usted en realidad?

     Me miró con los ojos inundados de miedo. Parecía querer decir mil cosas a la vez, pero sólo añadió

     –Ese hombre me matará.

     Yo tragué saliva. Estaba volviendo a marearme. A nuestro alrededor, todo parecía irreal. Lo que podía ver se mezclaba con mis pensamientos, con mis recuerdos, imágenes distorsionadas y desordenadas, surrealistas, como en la película de Lars von Trier. La realidad que intentaba aprehender entretejía una misteriosa y siniestra tela a mi alrededor como una Circe siniestra. Intenté serenarme. Y encontré su muda sonrisa.

     –Señora Haines –balbuceé, temiendo una respuesta reveladora–, ¿por qué me ha elegido a mí? ¿Por qué se ha sentado aquí? Tengo este billete hace semanas.

     –No es casualidad. En absoluto. Sé que es usted escritor. Quiero que reescriba mi historia –proclamó, tajante. Creo que intenté durante un rato responder, infructuosamente. Al final, fue ella quien habló–. Quiero que Guy se arrepienta de sus pensamientos. Yo no he sido mala con él. Lo quería. Quiero a Guy y quiero que se arrepienta, que deje a esa zorra de la hija del senador y vuelva conmigo. Guy es mi marido... –aclaró, inútilmente.

     Yo notaba cómo el aire me faltaba. Giraba la cabeza alrededor a sabiendas de que nadie iba a prestarme atención. Un individuo pasó por nuestro lado, recorriendo el pasillo. Me recordó al protagonista de Europa.

     Lo seguí mientras pude con la mirada. La cabeza seguía dándome vueltas. Miriam sonrió.

     –No sé si estoy en el tren del circo de Dumbo o en El tren fantasma de Walter Forde –reí, sarcástico–. Sólo espero que vuelen la vía antes del llegar al Río Kwai y pueda despertar.

     Miriam puso una mano sobre las mías. El gesto atemperó la excitación de mi corazón. La mano de Miriam... de la señora Haines era cálida como una tarde de primavera. Casi conseguía esconder su afilado espíritu manipulador.

     –No está usted soñando si es eso lo que teme –afirmó–. Son las cinco y cuarto y aún le duele la úlcera.

     Me llevé la mano al estómago y noté el dolor lacerante, real, indiscutible, fruto de mis últimas preocupaciones. Un grupo de chicas pasó corriendo por el pasillo. Llevaban instrumentos de viento e iban disfrazadas a la moda de los años 20. Reconocí a una de ellas. Era la chica que había visto subir al tren apresuradamente, la chica que me había recordado a Marilyn. Llevaba un ukelele en las manos.

     Me volví hacia mi compañera de asiento.
     –De acuerdo, no sueño –mentí–. Dígame qué quiere de mí.

     –Oh, ya se lo he dicho. Quiero que reescriba mi historia.

     –No puedo hacer eso. No es mi historia, es decir, yo no sé si podría...

     –Claro que podría. Usted es escritor.

     Protesté.

     –Escribo cuentos. Cuentos que no publica nadie. Yo soy periodista. Escribo críticas de cine. Y me pagan muy mal, por cierto.

     Miriam clavó sus ojos en los míos. Brillaba en ellos una dulzura rota que no supe entender, a pesar de conocer los avatares que acabarían con su vida.

     –Usted es escritor. Se le dan bien las historias. Sabe ponerles un principio y un final. Sabe hacer que la gente se interese lo suficiente para llegar hasta la última página. Yo le he dado un mal principio. Por favor, regáleme un bonito final.

     –No-soy-escritor...

     –Ha terminado una novela.

     Aquel secreto íntimo e inútil (jamás llegaré a ser escritor) se me clavó en el alma.

     –¿Quién es usted? –grité, ofendido en mi más oculta intimidad.

     –Ya se lo he dicho –respondió ella calmosamente–. Soy la señora Haines, Miriam Joyce Haines. Sé que mi marido ha convencido a un extraño en un tren para que me asesine. Quiero que usted cambie mi historia escribiendo un nuevo final para el guión. Por favor...

     –¿Cómo? –aullé, al borde del paroxismo.

     –Con su máquina de escribir. –Tomó aire, se mordió los labios, intentó ahogar una lágrima rebelde que huía de sus ojos–. Tenga piedad. Usted tiene el don. Si no hace nada –lloró–, él me matará y usted lo verá. Verá el horror en mi rostro en el mismo momento en que yo entienda que voy a morir, verá mis gafas caer al suelo y verá reflejados en sus cristales los brazos del asesino, distorsionados como en la lente de la más horrible de las pesadillas. Ese... ese monstruo de Hitchcock se recreará en la escena, plano a plano, construirá incluso una lente especial para se pueda apreciar hasta el más mínimo detalle, para que todo el mundo vea la pesadilla como yo la veré –concluyó, vomitando las palabras, casi sin aire.


     Hitchcock fue un cabrón, pensé. Es cierto que mandó construir una lente especial para distorsionar las imágenes de esta escena. También es cierto que hay en esos planos un especial deleite en el detalle, en cada detalle, quizás un sadismo excesivo. Creo que Truffaut llegó a decir que Hitchcock rodaba los asesinatos como si fueran escenas de amor y las escenas de amor como si fueran de asesinato.

     –¿De veras quiere ver todo eso –gimoteaba aún aquella mujer– o es que ya lo ha visto en el cine? ¿Puede entenderme? Quiero que Guy deje a esa mujer, quiero que convenza a ese hombre de que el crimen no será útil a ninguno de los dos, quiero un final feliz, quiero un matrimonio sin violencia y una vida serena y cálida junto a Guy. Estoy embarazada... ¡Quiero tener a mi hijo! –gritó, fuera de sí–. Quiero un final feliz como el del resto de las películas.

     –Pero –reclamé, confundido– usted ya conoce el futuro. ¿No puede evitarlo? ¿Por qué he de ser yo quien se inmiscuya?

     Su tono fue categórico, desesperado.

     –Porque yo soy sólo un personaje.

     Por primera vez en todo el rato la vi en su verdadera dimensión. Estaba rota. La observé con ternura. En realidad, era sólo eso: un personaje, una ficción, una entelequia absurda, quizás pobre en detalles, ajena en algunos momentos a la lógica en pro de un argumento ideado para entretener desde el horror y la tensión, pero también un ser humano en casi todos sus aspectos y actitudes. Lo único que la diferenciaba de una persona real era que su ciclo vital se circunscribía al metraje de un par de breves escenas, pero, desde un punto de vista universal, la vida de cualquiera de nosotros también es un pequeño párrafo de una historia de millones de años, un fragmento ínfimo de celuloide, insignificante, dentro de una superproducción enorme. Sí, quizás se nos atribuyan una o dos escenas de relevancia en la Historia Universal, pero ninguno de nosotros es ni será jamás el protagonista del largometraje completo, sólo somos extras con unas líneas de diálogo. Una vez que nuestra escena haya pasado, la película continuará. Que nuestro personaje caiga en el olvido sólo es cuestión de tiempo.

     De repente, encontré color en sus mejillas. Ilusión óptica o una ternura espontánea invadiendo mi sentido común, tuve que reconocer que estaba naciendo cierta empatía en mi interior, quizás una especie de amour fou sin sentido o caridad de autor. Sí, caridad. Yo no mataría jamás a un personaje con una muerte tan horrible. En la embriaguez de la situación, pensé que me estaba enamorando. Me apetecía abrazarla, contemplar nuestro reflejo en la indeterminada realidad de la ventanilla, esperar juntos la película del tren y llorar juntos con un final feliz. La música ambiental sonaba ahora a Ana Karenina, remedo de otros viajes más épicos y tristes. Una vez vi en un Talgo, camino del norte, Con la muerte en los talones y durante años soñé con huir en un tren, con conocer a una rubia como Eva Marie Saint que me ayudara a escapar, soñé con el final feliz en aquel coche-cama en que los protagonistas de esta película comienzan su luna de miel; pero la vida tenía otro guión para mí, algo parecido a un triste monólogo lleno de películas ajenas, cenando solo frente a la televisión y escribiendo críticas de cine.

     –Jean Renoir escribía en Cine Monde –susurró en mi oído Miriam, interrumpiendo mis cavilaciones y sacándome de la abstracción– y también escribía guiones maravillosos.

     Yo, a estas alturas, ya no quería mirarla a los ojos. Sabía que no podía ayudarla. Su personaje conocía el final de la historia. El sufrimiento se encontraba ya instalado en su interior, hubiera o no ocurrido en el tiempo relativo de su ciclo vital; pero yo, llegado desde el mundo real, sabía algo que no tendría valor para contarle: que la historia estaba ya rodada y estrenada. La posibilidad de un final alternativo era, simplemente, inviable.

     Sobreponiéndome a la embriaguez de la extraña situación, ultrajé su cálida llamada de socorro con un no que era la única respuesta posible, pero que sonó desabrido y frío, muy al contrario de cómo quería expresarlo.

     Miriam se convirtió de nuevo en la señora Haines. Rompió a llorar en silencio, todo gesto, como una actriz muda, como Clara Bow, por ejemplo, a quien no fui capaz de ubicar en ninguna película de trenes. Habría estado más feliz atada a las vías del tren, esperando una muerte vil, que digiriendo mi respuesta.

     Ni siquiera se levantó de mi lado. Puso esa cara de desamparo, se le apagaron los ojos y sentí cómo me alejaba de ella. Me miraba con los ojos misteriosos y oscuros de la niña de El espíritu de la colmena, viéndome alejarme como un tren que va de su mundo a otro muy distinto. Miriam se quedó resignadamente sentada junto a la vía por la que había transcurrido nuestra conversación. Yo me alejé mecánicamente, cerré los ojos, admití en voz alta que no podía ayudarla y regresé a este mundo.

     A mi sensatez le costó admitir que el vagón estaba vacío, vacío y parado. Me levanté, no sin cierta aprensión en los huesos, y recuperé mi maleta del estante que había sobre el asiento. Al bajar, me encontré en una vía muerta. El vagón tenía por fuera el hálito solitario de un vagón abandonado. No había tren. Se me vino a la mente aquella escena con Jennifer Jones y Monty Clift en Estación Termini, una película que es toda ella una despedida de principio a fin, y supe con certeza que Miriam y yo no nos volveríamos a ver jamás, como ella supo desde un principio que yo no podía ayudarla.

*
(c) Félix Amador Gálvez

 
     Fotos de la entrega de premios en Pilas (Sevilla) el día 28.02.2014:

**  Las fotos son de Marte Garnatz, que fue tan amable de acompañarnos en este día de fiesta.