miércoles, 9 de enero de 2019

MALTRATAR LA INOCENCIA

Estremecimientos en la sala de cine

Una de las preguntas que más he respondido el año pasado ha sido: ¿Cómo se puede trasladar una novela de Noah Gordon de 600 páginas a un musical de dos horas y media? La única manera de contar una historia es determinar el punto de vista, el tono narrativo. El que elegimos Iván y yo fue la inocencia del pequeño Rob J. La vida es apasionante cuando todo nos sorprende. Y no perder esa capacidad de sorpresa, esa inocencia, a lo largo de los años nos mantiene jóvenes. Niños.

Después de ver la excelente Yo, Tonya (I ,Tonya, Craig Gillespie, 2017), con su brillante manera de contar cómo se puede desmotivar a una hija motivándola, de cómo se puede ser una madre nefasta sin percatarse de ello, me asaltan preguntas como ¿cómo puede sobrevivir la inocencia en la sociedad actual? Aceptemos que pequeñajos de cualquier edad pueden comprar, descargarse o jugar con videojuegos clasificados 18+, que la televisión incluye contenido sin control parental ni horario, que los padres de ahora están más interesados en las series y las apps que en jugar en el parque con los niños... ¿Cómo sobrevive la inocencia? ¿Cómo se fomenta la curiosidad? 

The Florida Project fue el nombre que se dio a Disney World cuando sólo era eso, un proyecto, pero en Estados Unidos, el término project se refiere también a esos bloques de pisos donde se hacinan de mala manera los que no pueden permitirse vivir de otra manera. 


Sabemos que los niños no necesitan visitar ningún reino mágico para reír y ser felices. Los niños de la película The Florida Project (Sean Baker, 2017) disfrutan de su propia inocencia en un largo verano que flota, en apariencia indemne, sobre toda la basura que fluye alrededor. Parte de esta basura viene de la madre de Monee, que a sus seis años, posee una inocencia que la hace (casi) invulnerable. La película es tan real, tan cruelmente real a pesar de su fotografía multicolor y de su final fallido, que su paradoja de moteles que acogen despojos sociales a pocos metros de Disney World parece la amenaza de una distopía post-apocalíptica que hubiera sucedido ya. Pero lo más maravilloso de la película es que ni la basura ni la pobreza pueden arañar la inocencia de Monee; sólo la inconsciencia de su madre de 22 años puede acabar con un verano feliz...

¿Qué deducimos de esto? Quizas la amenaza del futuro no serán los zombies de Guerra Mundial Z ni los vampiros de Soy leyenda sino los padres, que ya no crecen, que sobreviven con un móvil en la mano, incapaces de madurar, mientras sus hijos son educados por la televisión y las apps, mientras las cookies programan sus pequeños cerebros para que pierdan la inocencia antes de conocer el maravilloso significado de la palabra.


Algo más parecido a la inocencia es lo que plantea la exagerada ¡Tú la llevas! (Tag, Jeff Tomsic, 2018), en la que cinco niños siguen jugando al juego de pillarse después de haber cumplido los 40. Basada en un hecho real recogido en un artículo del Wall Street Journal titulado "Hace falta planificación y precaución para evitar llevarla", nos recuerda esa frase que dice: Los seres humanos no dejan de jugar porque envejecen; envejecen porque dejan de jugar. Este aforismo, que algunos atribuyen a Benjamin Franklin y otros a Oliver Wendell Jones, es la clave. 


Pero, exageraciones aparte, si la muerte arranca al pequeño Rob J de un hogar modesto pero feliz sin que robarle su inocencia y su curiosidad por la vida, ¿por qué los niños de una sociedad a quienes se abren puertas tan inmensas como Internet, la televisión, el acceso gratuito a la educación, los idiomas, los Erasmus... parecen carentes de esa curiosidad que da brillo a la infancia? La inocencia y la curiosidad van de la mano porque la segunda convierte a la primera en un papel en blanco que pide tinta y palabras como un bebé hambriento.

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